
Como en un espejo EN EL ASCENSOR |
| Hay muchas maneras
de analizar el tránsito de los tiempos. La más usual consiste en acudir a estudios y
estadísticas, citas bibliográficas, datos oficiales. Pero es una forma parcial. En el
fondo tan poco científica como otras mucho más subjetivas. Por ejemplo, si a mí me pidieran un trabajo sobre
el cambio social experimentado por las Baleares durante los últimos años, me limitaría
a hablar de mi ascensor. Es un elevador más o menos corriente. De esos con
un techo que parece un planetario barato. A veces, el motor chirría de forma algo
inquietante. Y desfilan por la puerta paredes sucias, sin enlucir, del forro interno de
las casas y que sólo se contemplan en el hueco del ascensor. Bueno, eso era hace años. Antes que la normativa
europea impusiese las puertas automáticas. Por aquel entonces, nos cruzábamos en este
pequeño espacio los vecinos de siempre. Una señora francesa que vivía con su perro, la
pareja de finlandeses del quinto, una familia mallorquina, la portera y sus hijos, que a
pesar de los años no habían perdido su acento andaluz
En general, nos conocíamos todos. Y la presencia
de un nuevo inquilino siempre era motivo de curiosidad o suspicacia. ¿Ha visto la sueca
del 35? ¡Dicen que por la noche organiza unos escándalos! La casa era de medio pelo. Apartamentos a precios
económicos que en otro tiempo tuvieron su gracia, pero ya entonces estaban viejos y daban
muchos problemas. Por lo general, los extranjeros eran gente de costumbres fijas. Pasaban
en Mallorca una parte del año, o las vacaciones. Saludaban cortésmente y se reunían en
el "Africa's bar" o el "British-american club". Muchos tenían una
reducida pensión, otros disfrutaban de una posición más holgada pero sin ostentaciones.
Había también presuntos artistas de cine que recorrían los bares contando su historia a
quien se dejaba, ancianas glorias que sólo conservaban un espacio nocturno en el
"Loa's", el palacio del "pan cake". Un día, al entrar en el portal, me encontré a un
joven norteafricano sentado en la escalera. Era muy moreno, con los ojos de un negro casi
resplandeciente. Y sonreía moviendo la cabeza. "Hola visino". Yo me extrañé:
"¿Vives aquí?". "Oh, no en casa. Yo vive aquí fuera".
"¿Afuera?". El cogió una bolsa de supermercado y se asomó a la puerta para
mostrarme un coche viejo y abandonado que llevaba casi un año en el parking. "Yo
vive aquí, visino. ¿Tú tienes familia?,
¿hijos? ¿hermanos? ¿Cómo llaman?". La aventura del joven Mohamed, o como se llamara,
debió de ser efímera. Al poco tiempo, el coche quedó abandonado. Cada vez más sucio y
desvencijado, servía de refugio a los yonkies de la madrugada. Al final, los vecinos se
hartaron y cargaron con él hasta dejarlo en medio de la calle. Era la única manera de
que la policía se lo llevara. En aquel momento, la presencia de emigrantes
norteafricanos era relativamente normal en lugares agrícolas como Sa Pobla. Pero en Palma
la inmigración seguía siendo sobre todo peninsular. EL GRAN
"BOOM". Poco tiempo después llegó el gran boom. Los pisos del barrio antiguo
se vendían por auténticas millonadas. Y empezaron a aparecer otro tipo de visitantes.
Entraban contigo en el ascensor, oliendo a colonia cara. Alemanes muy morenos, con cadenas
de oro y relojes gordotes. Apenas cruzaban una palabra contigo y se rumoreaban que habían
comprado los pisos que nadie quería por el doble de precio. Lo bueno de estos nuevos vecinos era que pagaban
sin rechistar las cuotas de la comunidad. Lo tenían todo limpio, impecable. Aquel
apartamento cochambroso, donde vivían antes un extraño libanés con pinta de terrorista
y su canario, se había transformado en una especie de fotografía de "Balearic
homes". Detalles, velitas, cortinitas. Una monada. Mi casera me miraba cada vez más de reojo.
"Aquests senyors de s'àtic paguen molt més. I
ho tenen tot molt curiós". No tardó en
subirme el alquiler. Fue alrededor del 98. De repente, me encontré con
un joven negro en el ascensor. Vestía una camisa de cuadros verdes y amarillos. Y
sonreía como los personajes de los tebeos: de lado a lado. Al principio lo tomé por uno de esos vendedores de
relojes. Pero pronto comprobé como en el piso de abajo vivían como ocho o diez jóvenes
de color. Todos muy educados, probablemente universitarios. Con el teléfono móvil en
cintura. El ascensor se llenó de subsaharianos, como
decimos ahora los suprasaharianos. Y mi casera me llamó por teléfono: "Meam,
aquests joves negrets des primer paguen vint mil cadascú. I
són nou. Enten el que vull
dir?". No tuve más remedio que ceder. Fueron diez mil
más al mes. MÁS CAMBIOS. La siguiente sorpresa fue encontrarme
con una señora vestida como si estuviera en los Andes. Con un sombrerito hongo, un poncho
de muchos colores. Sólo le faltaba haber aparcado la llama en la entrada. Era muy
simpática y se ofreció en el ascensor para limpiarme el piso. Le dije que sí, y cuando entró todo le pareció
maravilloso. "Pucha qué bien. ¿Quiere que le limpie estos ventanos tan
lindos?". Al ver que mojaba la fregona en el agujero del wc pensé que procedía de
las aldeas de Machu Pichu. Pero me ella me reveló después que trabajaba de secretaria de
dirección en una multinacional de Bolivia. Me pregunto si también llevaba el poncho en
el despacho. Era muy voluntariosa. Pero cometí el error de
decirle al verla tan sudada: "Si lo desea podemos coger algo de la nevera". Me
miró aterrorizada con sus ojos incaicos y salió para no volver. Luego comprendí que en
Sudamérica "coger" significa otra cosa. Hoy, casi nunca conozco a los que suben en
ascensor. Muchos son argentinos, muy bien vestidos y con ese acento que a mí me recuerda
a los grandes escritores. Otros parecen turistas realquilados, porque entran y salen con
maletas. De los subsaharianos ya he perdido la cuenta. Si fuera por mi percepción, diría
que viven unos 240 en la finca. Ahora ya no se escucha discutir a la familia
andaluza, sino el vozarrón castrense de los alemanes. El alquiler está por las nubes y
han vendido el solar del aparcamiento, por lo que no hay forma de dejar el coche.
Carlos Garrido |