| PUNTO publicado el 17 de abril de 1985 | |
| Identidad, divino tesoro Identidad, divino tesoro, ya te vas para no volver. Cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer, como escribió Rubén Darío. Ahora, en estos tiempos, uno escucha hablar por doquier de la identidad. Todo son medidas para conserva la identidad, favorecer la identidad, rescatar la identidad. Identidad, identidad, identidad. ¿Y tú me lo preguntas? Identidad eres tú, que hubiera dicho Bécquer. Identidad viene de idéntico, de igual. Y cuando pienso en la identidad se me aparecer una foto carnet, Ajá, ese soy yo. Esa es mi identidad. Y así es también la identidad genérica, social y colectiva. La foto carnet de un pueblo en el devenir de los tiempos. Pero cuando reflexiono, pierdo de vista la famosa identidad. ¿Soy acaso aquél de la foto carnet? ¿El mismo que hace cinco, diez, veinte años? ¿En cuál de esos momentos reside mi ver-da-dera identidad? La gente que conozco envejece. Poco a poco van muriendo las personas mayores que nos rodearon desde la infancia. Las ciudades cambian, los rincones queridos desaparecen. Los niños se hacen adultos y al mirarnos al espejo somos distintos. Cada vez nos parecemos más a nuestros padres. No hay nada idéntico; sino a lo sumo semejante. No hay identidad que no se la lleve el río heraclitiano. Nunca volveremos a ser los mismos, ya jamás seremos niños. Nuestra identidad no llegará a ser idéntica, porque cambia cada día. Esta obsesión extendida por fundar identidades es tan vana como creer que uno es el de hace quince años. Aceptar el flujo del tiempo supone renunciar un poco a sí mismo, relativizar la idea de la identidad. Que, como la juventud, ya se va para no volver.
(Copyright Carlos Garrido) |